Cuando Dios no te da dulzuras y suavidad, debes mantener el buen ánimo, comiendo con paciencia tu pan aunque sea duro, y cumpliendo tu deber sin ninguna recompensa por el momento. Haciéndolo así, nuestro amor a Dios es desinteresado; actuando de este modo, se ama y se sirve a Dios a costa nuestra; esto es lo propio de las almas más perfectas. (Padre Pío; Epistolario III, p. 282)
